Fin del sueño. Despertose el caballero en la tibieza de unas pieles de blanco inmaculado, con los que la Dama le había cubierto. Solo, en la caverna de bóveda iluminada por aquella eterna hoguera que parecía no extinguirse nunca. Y pasaron los días, mientras el temporal no amainaba. Y el caballero continúo en el refugio de la Dama Blanca, que atendía determinadas obligaciones que el caballero desconocía.
Un día, levantose y oyó ruido en uno de los extremos. Le pudo la curiosidad y acercándose, tras unas cortinas pudo verla desnuda mientras se aseaba. De espaldas, su cuerpo nacarado de perfectas líneas frotaba con sus manos y refrescaba su espalda, sus hombros y girándose por su lado izquierdo al oírle, mostró su pecho del mismo lado, en armonía con el resto de su cuerpo. Se miraron, sin palabras, y acercándose ambos se abrazaron y libaron de sus bocas, sintiendo el caballero que aquella imagen de ella y aquel abrazo y beso, perdurarían por el resto de los tiempos en su memoria.
Temblaron como gacelas recién paridas. Lo que sintieron sus corazones estaba más cerca de lo divino que de lo humano. Y una profunda sensación de vértigo se hizo con el caballero, mareado como si de una atracción de feria se bajara.
- Dejadme sola ahora.
Y él sujetándose en una nada consiguió darle la espalda y andar hasta el centro de la cueva. Volviose y perdiose en pensamientos y sensaciones que no creía que existieran, pues, jamás hasta aquel momento los había sentido con aquella intensidad arrebatadora. Y vio al cabo de un instante, donde el tiempo se había detenido y no podía decir a ciencia cierta cuanto había trascurrido, como la Dama se aproximaba a él con un tarro de vidrio en la mano. Y ya cerca vio en su desnudez, plena, una cicatriz que la cruzaba el pecho y en el frasco una víscera. Y aquella imagen le dejo turbado. Y ella con sus enormes ojos fijos en los de él, le dijo:
- No se, caballero, porque confío en vos, pero, me habéis arrebatado lo más mío y me estáis haciendo sentir lo inimaginable. Os entrego mi corazón y espero de vos el respeto y el cuidado que requiero, pues, miedo tengo a que en mi entrega podáis hacerme daño.
Y alargando los brazos le tendió el corazón que el caballero tomó, no sin antes temer por todo aquello. Pues, no sabía bien que sentía y estaba claro que era el amor, que como un vendaval había entrado en su alma, limpiándolo todo, rasgándolo, purificando unos sentimientos, que creía no iba a encontrar nunca. Y dudaba si sería ella la que tanto anhelaba en su caminar sin fin. Si sería ella la que le estaba esperando en aquellas blancas y frías montañas. Si era ella la que tanto deseaba encontrar, la dama de sus sueños, que ahora materializada le producía un miedo atroz, tal vez, por la sensación de inseguridad que sentía en si mismo.
Y tal cual vio aquella cicatriz, se borró como si nunca hubiera existido y el frasco, con aquel corazón caliente y que por siempre lo estaría, lo guardó en sus alforjas. Y aún inclinado, ella lo abrazó y él pudo sentir su vientre palpitante.
- Mi corazón tenéis entre vuestras manos, caballero. No lo rompáis y su calidez será por siempre vuestra. Más, si osáis en algún momento ultrajarlo no os perdonará y se tornará frío en la desconfianza. Nada os pido y todo os lo doy, más de igual modo os sería retirado. Mirad que solo estoy protegiéndome de las dudas, que retiro mi coraza y ahora ando a pecho descubierto. Mi corazón es vuestro ahora. Cuidadlo y lo será por siempre. Me habéis raptado de mi mundo y mi experiencia, la que me lleva a la memoria de las vivencias ya pasadas y sufridas, me dice que tal vez me equivoque con vos. Más, os he entregado mi corazón en la confianza que vuestra sincera mirada me produce. Ser sincero conmigo y el amor crecerá en total ofrenda. Respetad también mis momentos de soledad y mi libertad, pues, tengo compromisos de los que tengo que ocuparme. No tengáis prisa, sed paciente.
Y el amor creció como un torbellino, no sin encogerle el vientre y el pecho al caballero, que más se abrazó a aquella cintura.
- No se, mi bella Dama, si soy merecedor de tanto. Dura prueba y duro compromiso, para un amor que acaba de iniciarse, pero que tiene la fuerza de cien mil ciclones. Soy un hombre y como tal débil. Mi valor y mi inteligencia me dicen que me ande con cuidado, más mi corazón me arrastra a vos como un torrente desbocado, arrastrando puentes y asideros. Soy vuestro, me siento vuestro. Y es mi deseo que también toméis mi corazón al igual que he tomado el de vos.
E inclinándose la dama se tumbaron entre las pieles donde se sumergieron en inusual abrazo, amado con amada, como si nunca antes hubieran estado separados.
(Continuará).







HELLO!
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Hola
En estos tiempos de Crisis biene super bien
estas Historias romanticas, nos sacan de la realidad jjj le doy un 100
Gracias, Dili. Saludos.