Lejos estaba el caballero de civilización alguna, que entre peñas escarpadas y montañas nevadas continuaba su cabalgadura. Frío en el cuerpo y en el alma, que solo las piernas sentía calientes por el calor que le daba Sayid en su montura. Helados temporales, fríos días, en los que decidió parar mientras amainaba, echando de menos a su perro, Rasputín, pues mal le había acostumbrado a traerle la caza, además de su compañía, que en la intimidad de ambos, mostraba alegremente.
- Amigo Sayid, tal vez, Rasputín ha decidido tomar su camino, que perra ha encontrado y ha decidido quedarse con ella. En cualquier caso, aceptemos lo que nos trae el destino, que ante él nada podemos hacer, a veces, como es el caso, y resignarnos. Más se le echa en falta. Pues, hemos vuelto a estar solos, como en los viejos tiempos, caballo y jinete.
Y Sayid relinchaba, afirmando con su cabeza, mientras por su hocico, un vaho caliente se quedaba helado al encontrarse con el aire y parecía más un dragón que apagase en su garganta el fuego de sus entrañas, que un caballo.
Y en el campamento provisional pasaron los días. El caballo escarbaba en el blanco suelo en busca de algo verde y comestible, pues, el caballero ya le había comenzado a racionar la poca avena que quedaba. Y el temporal, en vez de amainar, más crecía, por lo que el caballero decidió retomar el camino antes de que se acabasen todos sus recursos. Y así, caminando y llevando a Sayid de la brida, inició de nuevo el camino sin camino, que la blanca nieve había ocultado.
El frío, la nieve, el viento, azotaban a caballo y caballero en pose de ir cortando el aire, alargados, estirándose hasta el horizonte blanquecino, que en su corta visión no andaba más allá de la legua. Ojos entornados, y el fuerte zumbido del viento, ahora silbido, ahora trueno. Y las vestiduras batiéndose en este, como banderas heladas, cubiertas de nieve. Cada paso una tortura, una sinrazón, asegurando cada pisada por no encontrar un traspiés y caer pendiente abajo. Y Sayid, se paraba, quería rezagarse y tomando el caballero un pañuelo, tapó sus ojos. No fue bastante y el caballo a cada paso más tiraba del correaje.
Y ante ellos más visión blanquecina. El temporal arreciaba. Y en un instante, un túnel de nitidez se fue formando, y al final de él dos figuras lejanas, una negra y una blanca. El viento dejó de azotar, pudiendo abrir los ojos. Nada se oía. Y las figuras se aproximaban a ellos con rapidez. Era un perro negro y una Dama Blanca.
(Continuará).







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