Tras tiempo de ausencia, todo llega. Ahora es la presentación del libro a la que desde aquí invito a todo el que pueda y quiera. Para mi sera un halago conocer a personas nuevas y abrazar a los amigos. Besos y abrazos a todos.

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¿Qué es esto?
 




Nunca el caballero soñó que sus aventuras y desventuras iban a ser publicadas en un libro. Y así ha ocurrido, que el próximo día 6 de junio de 2009, este trovador de conveniencia, firmará ejemplares del caballero andante, en la caseta nº 226, de Éride Ediciones, en la Feria del Libro de Madrid, en el Parque de El Buen Retiro, entre las 11 y las 14,30 horas.
Allí os esperará para firmaros todos los ejemplares que tengáis a bien comprar.
Y os adelanto la que será posiblemente la portada del libro.

Estará el libro disponible a partir del día 6 de junio en librerías y en la página web de la editorial  http://www.nuevosescritores.es/.


portada el caballero copia.jpg
Gracias a todos.
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¿Qué es esto?
 


Y cuando estaba dando las últimas paladas, mezclados barro y sangre y lágrimas, un fuego fatuo salió de la primera y sorprendió al temeroso caballero. Y como en otras ocasiones, trasformose el fuego en la Rosa Negra.

- ¡Esa es el alma que quiero! ¡Negra como la noche, oscura como un abismo! ¡Esa alma ponzoñosa y vengativa, esa que sabe disfrutar de su momento de gloria! ¡Esa que me convida al placer por el placer, al orgasmo infinito, a la bestialidad plena! ¡Esa alma que no entiende de amor ni de entrega! ¡El alma que odia, que se satisface con el dolor ajeno! ¡El alma trasgresora, la vil, la repulsiva! ¡Dádmela y os haré eterno!

Y el caballero clavando su rodilla derecha en tierra, se postró ante la diablesa.

- ¡Oh, mi mal amado! ¡Cuánto placer me aporta el veros humillado! ¡Cuanta esclavitud en vuestro gesto! ¡Cuánto de malo tiene vuestra ofrenda! ¡Me corro solo de veros!

Y cuando se inclinaba ella para tomar su rostro y que ambos se mirasen a los ojos, el caballero, en rápido movimiento, asestó tal golpe con la pala en la cabeza a la diablesa, que rodó por el suelo.

- ¡Mal me hallo! -gritó el caballero. ¡Pero, peor debería de estar para entregarme a vos! ¡Si me queréis, que sea muerto, si es que de algo os valiese!

- ¡Vivo, cabrón, vivo os quiero! No tengo prisa. El tiempo esta de mi parte y soy paciente. Os denunciare por vuestros crímenes y os pondré a la Justicia detrás vuestra. No encontrareis respiro ni de día ni de noche. Solo espero vuestra desesperación, pues soy vuestra única salvación, pero, a cambio, me daréis vuestra alma. ¡Arrogante cerdo! ¡Mala madre os parió y más me obligáis a sacar mis peores armas! ¡Hasta la vista!

Y desapareció en la callada noche y el caballero rendido cayó al suelo, quedándose dormido y Rasputín tumbose a su lado para darle abrigo.

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¿Qué es esto?
 


El olvido no lo encontraba, que este solo es un deseo sin proyección alguna, y el amor más crecía cada día entre odios a Rosa Negra y dulces palabras de amor a la Dama Blanca. Turbado se encontraba y la perdida de juicio más avanzaba, que cayó postrado en el catre e inmóvil así paso tres días, haciéndose incluso, sin darse cuenta, sus necesidades en ella. Que su cuerpo estaba allí tumbado, pero, su mente, su cabeza, sus pensamientos, estaban nadie sabe donde. Y que si es posible la muerte por la pena, esta no es si no existe además el propósito de ello. Que preferir morirse a enfrentarse de nuevo a la vida y seguir y volver a aprender a disfrutar de ella, es tarea ardua, pero, no imposible.

Y una luz brilló en sus oscuros pensamientos. Un nuevo presagio lleno de esperanza, un decir basta, hasta aquí he llegado y las ganas de caminar sintió de nuevo. Que Rasputín le lamía las penas de las lágrimas y ese cosquilleo le resultó gratificante y diose cuenta de que necesitaba de otras caricias para sentirse vivo. Difícil proponer para un hombre que se sentía acabado y con la Dama Blanca en su memoria bañándole en besos y caricias. Y aún con el dolor y el sufrimiento a cuestas, emprendió de nuevo su camino hacía el Sur.

Y llevados dos días de viaje, Rasputín comenzó a gruñir elevando las orejas y señalando detrás de una loma. El caballero mandó silencio al animal y descendiendo con sigilo de Sayid, se arrastró, hacía lo alto, desde donde esperaba ver sin ser visto. Y así hizo y observó a un grupo de bandidos que discutían acaloradamente y a cuyo mando se encontraba una mujer en la que creyó reconocer a aquella novicia del convento, Sor Inés, que tan feliz le hizo y cuyo lío más tarde le contó el licenciado en huesos.

- ¿Estáis seguros? -preguntaba Sor Inés, la bandida-.

- ¡Guardaba todas las señas! Solo nos extrañó que cuando le íbamos a persuadir de que no fuera a la cueva y que dejara en paz a la Dama Blanca, saliera huyendo despavorido. ¿No decíais que era valiente? -respondió el más alto-.

- Eso es justo lo que me extraña. No se porque os habéis confundido de caballero. Y me temo lo peor cuando se entere la Rosa. ¿Y qué más ocurrió?

- Seguímosle y al encontrarme a su par, para cortarle el paso, el caballo perdió pie y cayeron ambos por un barranco, perdiendo la vida -terminó de contar el más feo-.

- ¿Estáis seguros? -volvió a preguntar Inés-.

- Así fue, que no hemos omitido ningún detalle.

- En cualquier caso lo que debemos de hacer es poner pies en polvorosa y aumentar la distancia, pues, no me gustaría en ningún caso encontrarme con alguno de ellos, ya sea el caballero andante o la Rosa Negra. ¡Sois estupidos y patanes! ¡Y os juro que después de esta no se si no os mataré! -concluyó la novicia-.

Y el caballero agazapado en el terreno no daba crédito a lo que escuchaba y reculando, lleno de odio, alcanzó a Sayid y tomando la Destripadora, con un grito de furia, se abalanzó sobre aquellos tres parias que estaban al mando de la futura monja. Y uno a uno, con la templanza del no temer a la propia muerte y la clarividencia que esta produce, los fue degollando, y cuando solo quedaba la novicia bandida, clavó la lanza en el suelo y desenvainando su espada, la Infalible, encarose a ella diciendo:

- Para vos tengo algo mejor que ofreceros que una muerte rápida, pues, miembro a miembro os iré amputando y podréis sentir vuestra propia muerte con el mayor deleite, que en yéndose vuestra vida, con el dolor producido, vengaré todas mis amarguras en cada chorro de sangre que vertáis.

- ¡Fue solo un trabajo! -respondió Sor Inés, excusándose-.

- ¡Trabajos hay, que no merecen aprecio, sino por el contrario mi más grande repulsa, que quien no tiene a bien respetar la vida ajena, no puede pedir respeto para la propia. ¡Sacad vuestra espada y disponeos a pelear!

Y así hizo y comenzado el duelo y, aunque, la novicia era muy diestra con el arma, no pudo contener la cólera del caballero, cayendo primero el brazo derecho al suelo en un grito que espantó a los pájaros.

- ¡Tomad el arma con la otra mano! -le instó el caballero-.

- ¡Me rindo, caballero! -suplicó la bandida, mientras sujetaba su muñón con la otra mano, del que manaba la sangre a borbotones.

- ¡En cualquier caso vais a morir! ¿Preferís hacerlo cobardemente? -le replicó el caballero-.

Y formándose en su rostro los rasgos de la ira e inyectándose en sangre sus ojos, la joven tomó la espada con su mano izquierda, y ante tan dantesco esperpento, el caballero atinó con fiereza a cortarle también el brazo izquierdo. Y manca de ambos miembros, cayó de rodillas.

- ¡Acabad! -rogó al caballero-.

Y este levantando su espada a la altura del horizonte, de un tajo certero, hizo rodar la cabeza por el suelo, quedando boca arriba, con la lengua fuera y los ojos del revés. Y pasaron tres horas en las que el caballero se quedo inmóvil. Y una gran fatiga y flojera le invadieron y en lágrimas se deshizo, mezclándose con la sangre de los muertos.

- La venganza me ha cegado, que no la justicia. Que la venganza es un plato que si se toma frío descompone el cuerpo; pero, si se toma caliente, como es el caso, te hace cagar sangre y penas.

Y apesadumbrado, ido, trastocado, cavó cuatro fosas y allí mismo les dio sepultura.
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¿Qué es esto?
 


Y una vez todo dispuesto, mensajero y caballero iniciaron la ruta hacia la cueva de la Dama Blanca, con aquellas mil flores blancas, bien protegidas y preservadas y tiradas por dos percherones negros que guiaba el mensajero subido en la carreta. Al frente el caballero montando sobre Sayid y adelantado Rasputín abriendo camino. Y una semana tardaron, que la senda, en esta época, libre de nieve, más ligera se hacía.

Y alcanzaron la posada "La Esperanza", donde el posadero y su hija salieron a recibirles.

- Señor, no esperábamos su vuelta después del mensaje que dimos a este hombre.

- Flores traigo en memoria de mi amor -dijo el caballero-.

- Pero, Señor, nada es seguro, que solo la suposición se empleó en el criterio. Que una manada de lobos vi descender de la caverna y desde entonces no se la ha vuelto a ver. Por ello, pensé, que había sido devorada.

- Todo eso lo comprobaré en persona. Abastecernos de víveres, que continuamos el camino.

- Con la carreta deberéis de dar más rodeo, por la vertiente Sur y eso será un día más.

- Pues, apresuraros, que no hay tiempo que perder.

Y continuando, llegaron y el caballero mandó al mensajero bajar las flores, aún frescas y volverse por donde habían venido, que en esto quería estar solo. Y así dispuso él las mil flores fuera y dentro de la cueva, pero, cuando entró en la bóveda, su corazón asombrado palpitó alocadamente al comprobar que la hoguera se encontraba encendida. La buscó enloquecido y no hallola y esperóla hasta tres días, en los cuales, la hoguera continuaba ardiendo como el primero.

- Amor de mi vida, mi niña, ¡cuánto has de perdonarme, que por mi alocado temperamento os he hecho tanto sufrir -hablaba solo en voz alta-.

Y al quinto día, un rubor invadió toda la cueva y el caballero se sobresalto poniéndose en pie. Y de la misma hoguera fue apareciendo una figura conocida, la Rosa Negra, que entre los rojos tizones se fue formando.

- ¡Oh, caballero afligido! ¿No me esperabais a mi, verdad? Lamento que vuestras expectativas se vayan al traste.

- ¡Juro que esta vez os mataré! ¿Qué hacéis aquí?

- ¿Aquí? ¿Si os dijera que esta es mi casa, me creeríais?

- ¡Maldita diabla! ¿Qué habéis hecho con la Dama Blanca?

- ¡Bonitas flores! Aunque su blancura me espanta.

Y tomando una entre sus manos observó el caballero una doble transformación: la de la flor blanca en negra y la de la Rosa Negra en la Dama Blanca. Y el caballero se sobrecogió de dolor.

- ¡Con argucias me habéis engañado! ¿Qué queréis de mi?

- Con argucias, mi blando caballero; con argucias, bebedizos y elixires de amor. Pero, no contaba que debajo de tanto brebaje creciera un amor verdadero desde vuestra alma y eso me asustó.

- ¿Qué queréis, os he preguntado?

- Ya os lo dije. Vuestra alma, pero no en entrega amorosa, sino en un acto voluntario. El alma negra que tenéis como cualquier mortal.

- ¿Y los besos y las caricias y el destello de un amor que nos sobrecogía?

- ¡Callad insensato! -y la Dama Blanca cayó de rodillas-. Habéis conseguido que os ame mortalmente, más no puedo daros lo que me pedís, pues mi mundo a mi sola me pertenece y vos no podéis formar parte de este infierno que yo sola he creado.

- Y por eso volvisteis como Rosa Negra, para emponzoñar mi alma. ¿Y el amor?

- ¡Callad, callad!

- ¿Me amáis todavía?

- Debéis partir, pues este amor solo os causa dolor y sufrimiento. Iros en paz, pues vuestra pesadumbre es la mía. Iros, que aún el Diablo me reclama.

- Si me decís que me amáis, no habrá diablo que se me resista. ¡Responded a la pregunta!

- Solo queréis respuestas y no veis con vuestros propios ojos lo que tenéis delante.

- Lo que tengo delante es un continuo equivoco, un no, no sucesivo, un freno inestable. ¿Qué mente humana es capaz de soportar tamaño desbarajuste? ¡Respondedme! ¿Me amáis?

- ¡No os besaré ya nunca!

Y desapareciendo, alejándose la voz en la dolorosa lejanía, el caballero se quedo en la duda, con el propósito de olvidar por siempre a la Dama Blanca de sus sueños y amores, y a la Rosa Negra de sus pesadillas. Y las flores, las mil que llevó por caminos y desfiladeros, ardieron de improviso y se consumieron. Y el caballero partió en busca de paz y sosiego, allí donde le esperaba el olvido.
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¿Qué es esto?
 


Los días pasaban. El caballero hubiera emprendido el camino de inmediato. Pero, la esperanza de una respuesta de la Dama Blanca le hizo quedarse en casa de Anjana, alimentado por la memoria. Recuerdos que llenaban ausencias, llenaban vacíos de un alma solitaria, donde el caballero naufragaba en mares y océanos, en distancias infranqueables; altibajos que unas veces le subían a la cresta de una ola y otras le sumergían en un pozo de agua negra, donde el aire faltaba y no encontraba consuelo.

Y esa espera se fue haciendo cada vez más dolorosa. "¿Me ama? ¿Me amó alguna vez? Me dejó marchar, ¿es eso significativo?" Todavía quedaba veneno en su alma, un poso de amargura, de querer buscar una razón para poder enfrentarse al olvido y mitigar ese dolor, esa culpa que le estaba matando. En su corazón ya no era el mismo. Algo había cambiado. El amor sentido y luego herido le había trasformado. Y sufría porque en el fondo de su alma pensaba que los días felices habían quedado atrás.

La espera se hizo larga y entretenía su tiempo en dar paseos con Sayid y Rasputín, según tenía el ánimo. Y otras en construir castillos dorados con las monedas de la olla. Y el tobogán de la soledad le volvía a devorar. Le masticaba incesantemente, ahondando en su alma, perforándola. Unas veces tranquilo, otras llorando, que para un hombre como él, aquellas lágrimas, más que parecer una deshonra, más le elevaban, porque cada una de ellas tenía un significado. "Lágrimas inteligentes -las llamaba-, que ellas saben mejor que yo porque surgen". Porque verse muchas veces con la lágrima calida, enfriándose en el caminar por sus mejillas, le dejaban sorprendido y le hacía preguntarlas por qué ese manantial sereno.

Y una mañana, pasados ya cuarenta días, una brisa que entró por la ventana le dejo la sangre helada y un suspiro, más del corazón que de los pulmones, nació para morir, que sintió que ya todo lo vivido acababa de fallecer o ya estaba muerto. Pero, fue, en ese preciso instante cuando se abrieron sus ojos del alma, esos que todo lo ven cuando se rasgan. Y una llamada suave, un golpe de nudillos en la puerta casi imperceptible, le hizo inclinar la cabeza sobre sus hombros, doblando la cerviz, cayendo en ella la mayor de las pesadumbres. Y el viento resopló en la estancia arremolinando las penas y los dolores y sepultando con ellas la poca esperanza que le quedaba.

- ¿Estáis? ¿Me han dicho que estáis aquí? -se oyó la voz detrás de la puerta-.

- ¡Voy! -llegó a decir el caballero-.

Y alzando su cuerpo fatigado de la silla, se sintió un gigante en aquella habitación que pareciese se iba encogiendo según él se levantaba y acudiendo a la puerta, la abrió, y el rostro del mensajero, cansado por el largo viaje, le hizo volver a otra realidad más cruda.

- Lo siento, caballero. No traigo mensaje de la Dama, que me ha dicho el posadero que esta ha desaparecido y es posible que haya fallecido.

Y aquellas palabras, ya sabidas y sentidas, tomaron la forma de una corona de flores y una mariposa entró en su torpe planeo a la casa y posose sobre el castillo dorado, que había sobre la mesa, que el caballero ya tantas veces había construido y desmontado y mirando al hombre le dijo:

- ¿Veis esas monedas?

- Muchas son -contestó-.

- Pues, tomadlas, comprar mil flores blancas y preparadlas para que duren el viaje en un carro tirado por dos fuertes caballos. Y cuando este hecho, avisarme, que partiremos a la cueva de la Dama y allí las depositaremos. Las que sobren son para vos.

Y el hombre se abalanzó sobre ellas y voló la mariposa, echándolas todas en el morral que llevaba y cuando ya iba a partir, el caballero le retuvo, pues acordose de lo que Anjana le había dicho.

- ¡Esperad! Dadme una de ellas.

Y el mensajero extrayéndola la puso en la palma de la mano que tenía tendida y mientras este partía, feliz y dichoso por la fortuna adquirida, el caballero cerróla en puño, sintiendo como el frió del metal le alcanzaba el alma. Y dijo, mirando al hombre alejarse a caballo desbocado.

- ¡Adiós, Dama de mis sueños!
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¿Qué es esto?
 



Y así acudieron al pueblo. Y en él encontraron un mensajero que se dirigía a Asturias. Y después del pago, este trotó en su corcel con el mensaje del caballero, en el que tanta esperanza había puesto. Y antes de partir le había dicho que esperaría su vuelta en un mes, por si hubiera contestación. Tras lo cual, la joven estudiante, Anjana y el caballero se dirigieron al mercado de abastos para allí comprar avituallamiento.

El caballero compró leche y sobaos y el pago lo iba a realizar con su moneda de oro cuando un mercader le vio y le dijo:

- Noble caballero, os ruego me mostréis esa moneda, cuyo brillo y cuyo oro son sin duda sin igual. ¿Os importa?

- ¿Por qué habría de importarme? Vuestra curiosidad será harta.

Y elevando la moneda con su mano comenzó a brillar de forma inusual, cegando a todos los que estaban a su alrededor, incluido el caballero. Y de tal explosión de luz, ocurrió un milagro, pues, todos los presentes se vieron agasajados con riquezas. Los harapientos con ricas ropas, los descalzos con zapatos, los mendigos con monedas que les llovían del cielo. Todos tras esa brillante luz de riqueza se encontraron satisfechos. Pero, la avaricia hizo presa de todos los presentes y se abalanzaron a él para quitarle la moneda.

- Es mía -decía uno-.

- No, mía -decía otro-.

Y se armó tal alboroto y algarabía que no tuvo más remedio que desenvainar el caballero su espada, a la vez que Rasputín gruñía y se interponía en el camino de estos.

- ¡Quietos todos! ¿Quién será de todos vosotros el valiente que caerá primero? ¿Tu, acaso, el de la barba cana? ¿O tu, el del bigote grasiento?

Y dando un paso atrás todos los presentes, le dejaron en paz, pues, nadie estaba dispuesto a morir, conformándose con lo ya obtenido. Y la joven estudiante y el caballero retornaron a la paz del hogar. Y cuando se dirigían por la senda obligada, justo al pasar al lado de la fuente, apareció un fauno y sobre él, a caballo, un duende, que se interpusieron en su camino.

- ¡Devolvedle la moneda a la muchacha! ¡Tampoco a vos os pertenece! Metisteis la mano y sacasteis la única moneda que no debisteis de tomar, La Dadora, cuyos designios están por encima de vuestras entendederas! -gritaba el duende con una vocecilla cortante como el silbo de un afilador-.

- ¡Se la di porque él me ayudo! -explicó Anjana-.

- ¡No podéis huir de vuestro destino, bella dama! ¡Tomadla ahora! -vocifero el duende, mientras el fauno bufaba-.

Y el caballero, lleno de estupor por lo incomprensible, tendió la moneda a esta, que tomándola, cayó al suelo y elevándose de este se trasformó entre chispeantes rayos dorados. Y bajando el duende de los hombros del fauno, de cuyos cuernos se sujetaba, se inclinó ante ella, al igual que el bípedo de pezuñas afiladas. Incluso Rasputín lo hizo y el caballero, pues era tal su belleza, que la dignidad de su presencia obligaba a ello.

- Alteza -dijo el fauno con voz caprina y continuó-, a vos os pertenece el reino de las riquezas y de los dones que apartará la miseria y la pobreza por allí por donde vayáis. Desde ahora seréis la Dama Dorada y en vuestra corona que ahora el duende os impondrá, ira incrustada la moneda mágica. Y vuestra grandeza será mucha, pues no hay en toda esta tierra corazón más noble y limpio que el vuestro para llevarla. Ese ha sido el designio y esa la razón. ¡Haced y será!

Y el duende, trepando por los brazos de la Dama Dorada, asentó en su cabeza la corona con la brillante moneda al frente. Y le avisó el fauno:

- Más, cuidaos de favorecer a aquellos que no lo merecen, pues, muchos serán los que os quieran poner de su lado para que los enriquezcáis. Si así actuarais, desaparecerá la corona y con ella vuestra nobleza, que no seriáis más que vagabunda por los parajes más tristes. ¡Y ahora partid, que el trabajo es arduo y el tiempo vuela!

Y el caballero maravillado por tal hermosura, todavía perplejo, vio como un corcel de majestuosa planta, de silla y aperos de oro, surgía como de la nada y vino a buscarla. Subiose y corales de oro saltaban de sus patas en chispeantes fulgores.

- Caballero -díjole la Dama-, debo de daros las gracias por todo lo que habéis hecho por mi. Y esta es mi meta, que tal vez en ayudar a los demás me ayude a mi misma y pueda olvidar mis desgracias. Gracias por enseñarme eso, gentil caballero. Y podéis tomar otra moneda de oro del puchero, que con ello aún me halagareis más que en la primera ocasión. Playas de oro y ríos de aguas ricas renacerán para que los pueblos no pasen nunca más hambre, que en el reparto de las riquezas se encuentra la equidad de la vida.

Y tal cual terminó desapareció por la senda que conduce a la Utopía. Y el duende y el fauno también se volatilizaron. Y el caballero sintió la caricia de Rasputín en sus piernas. Y volvió a la casa con el propósito de esperar allí el tiempo que hiciera falta al mensajero, pues, en él, un pensamiento permanecía latente, el de la esperanza. Y de nuevo retornó a la soledad.

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¿Qué es esto?
 


Descansó el caballero en casa de la joven como hacía mucho tiempo, que dormir en catre es reconfortante para el cuerpo. Y despertose de un humor excelente, pues todo su pensamiento se entusiasmaba con el poema que iba a enviar a la dama de sus sueños. Y la joven, ya levantada, púsole el desayuno y fue a buscar agua a la fuente para sus abluciones matinales.

Y cuando volvía de ella con el cántaro lleno a rebosar, este comenzó a moverse y lo dejo en el suelo asustada. Giraba como una peonza y subía y bajaba el solo. Y parando de sus cabriolas, el agua, como si de un ente mágico se tratara, le habló a Anjana con estas palabras: "No os asustéis, bella joven, que mi húmeda lengua no lo pretende. Solo quiero avisaros de que debajo de la fuente, a poco que escarbéis, encontrareis una olla de oro".

Y la joven perpleja, dejando el cántaro, corrió como alma que lleva el diablo a la casa en busca del caballero, para contarle tal maravilla. Y tartamudeando de los nervios y la impresión así hizo, con gestos de manos y de cuerpo de inquietante locura. Y al caballero pareciéndole todo aquello cómico, rió y así le dijo:

- Esta bien. No dudo de vuestras palabras; veamos que hay de cierto en lo que os ha contado el agua y saldremos de dudas. Más, no os asustéis por aquello que se escapa a la razón humana, que la magia se extiende en un mundo paralelo que a veces se manifiesta. Y brujas hay, como magos y duendes, trasgos y diablas; pero, su fin no es otro que el de ayudarnos y asustados recibimos esta, que el miedo a todo lo desconocido es libre -le comentó el caballero para tranquilizarla-.

- ¡Bus...bus...buscaré algo para cavar! -atinó a decir la muchacha-.

Y tomando ambos en aquella dirección, acompañados de Rasputín, que fue el primero en acercarse al cántaro para beber de él, el caballero examinó el recipiente viendo que no tenía nada anormal y caminando llegaron a la fuente y tomando la azadilla que había cogido Anjana, cavó en aquella parte que consideró más dura. Y al poco apareció el borde de una olla de unos dos litros de capacidad, que con cuidado extrajo y abrió, y estaba repleta de monedas de oro, relucientes como soles cegadores.

- ¡Una olla de oru! -exclamó Anjana-.

- Razón tenía quien os hablara, más, no entiendo el empeño, ¿o es qué acaso tenéis necesidad de él y de algún modo lo habéis solicitado?

- No, en absoluto -sentenció ella más excitada ahora tras el descubrimiento del que no apartó los ojos-.

- Entonces, queda claro que la Fortuna no siempre acude al más desfavorecido, ya que no es vuestro caso.

- Tomemos la olla y acudamos a mi casa, que con ella aquí, si viniera alguien, no tendríamos más que problemas.

Y así hicieron. Y ya en ella, la joven habló del reparto.

- No quiero parte alguna -respondiole el caballero-, que a vos pertenece.

- ¿No os importa el dinero?

- Para nada, Anjana, que mi sustento es poco y el dinero solo trae preocupaciones. Dicen que no da la felicidad, pero, ayuda a conseguirla y, sin embargo, el que lo tiene poco descansa y se encuentra malhumorado, pues siempre ha de vigilar que no le roben. Y te vuelves suspicaz y ladino y avaro, que ya en nadie confías. Prefiero otras riquezas, las del espíritu, que esas si me hacen feliz, aunque también son duras de conseguir, pues, en esta vida no hay nada fácil. ¿Para qué cargarme, pues, de más pesadumbre? Prefiero andar ligero.

- Tal vez tengáis razón. ¿Más, que hago ahora con tanto oro?

- Disfrutarlo y repartirlo si lo deseáis. No soy quien para saber de vuestros gustos. Tal vez, alguna vez hayáis soñado con algo que de él necesitaseis. Tal vez vaya siendo hora de realizar dichos sueños.

Y Anjana se quedó pensando.

- Tomad, caballero, al menos una moneda. Dadme ese gusto.

Y el caballero la tomó sin saber que con ella podría tener intendencia durante muchos meses. Y animando a la muchacha, ambos, tras guardar la olla en lugar seguro, bajaron al pueblo en busca de un mensajero que estuviera dispuesto a llevar la carta a la Dama Blanca.
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¿Qué es esto?
 


Y ya ahítos de llanto, se miraron a los ojos y rompieron a reír estruendosamente, que si bien el llanto tiene su parte, es la risa el polo opuesto y el que se encuentra a las puertas de todo pensamiento, aunque no sabían a ciencia cierta el motivo de ella. Pero, el animo se les elevó a la que el sol iba bajando en el horizonte de aquella playa que empezaba a ser mágica. Y silbando llamó a Sayid y a Rasputín que se encontraban jugando con las olas. Y estos acudieron, el can con un palo en la boca y el caballo queriéndoselo quitar en ingenuas intentonas. Y ofrecióselo a la muchacha, que encantada lo tomo y de un grácil salto se puso de pie para poder jugar con el perro.

- ¿Sabéis que creo, caballero? -le preguntó a este mientras lanzaba el palo-. Creo que ella os ama, pero tiene miedo de que le hagáis más daño. Habéis sido torpe y sin embargo y con todo, os ama.

- No se que pensar. De ahí vienen mis dudas. Si tan solo me lo dijera una vez me conformaría.

- No olvidéis el miedo.

- No se.

- Escribirla, que sepa de vos. Seguro que baja a la venta La Esperanza todos los días por si llegan noticias vuestras.

- No se.

- No os hagáis el estupido. Os morís de ganas. Escribidla un poema. Eso llega al corazón más duro.

- No se.

- ¡No se, no se, no se! Parecéis un arado rayado en el mismo surco. ¡Escribidla!

Y el caballero tomando sus alforjas tomó las cuartillas y la pluma y escribió:


Candidez, amor, delirio afable,
que sonroja tu cara y mi alma.
Suavidad sin igual, calida almohada,
en la que descanso penas y alegrías.
Olor profundo, el del alma,
el de la misma vida,
que fluye por tu piel, tela encarnada,
que viste tu hermosura.
Que todo se ha de amar
en infinita entrega,
por un solo beso y una caricia.
Rubor sereno, timidez encumbrada.
Amor que vuela con alas de agradecida locura.
Gritaría tu nombre a las estrellas,
apretando los puños para ganar fuerza.
Y que tu nombre llenase el firmamento visto
y más allá, por si hubiera alguien que lo escuchara.
Amor quiero darte, un beso a cada paso,
que en tu mirada veo lo bello de la mía,
y no quiero pararme hasta ser esencia pura.
Amor, amando voy todo lo tuyo,
que he de morir amando si es preciso,
por no perder esta sorpresa que la vida
ha tenido a bien en regalarme.
No se que decirte para olvidar el pasado.
No se que decirte para que no nos afecte.
Es todo tan duro y enllagado
en esta prisión austera del presente,
que aúllo embravecido,
lobo estepario, que encontró su loba
y esta baja el sinuoso rabo
y le muestra los belfos de la muerte.
Vidrios rotos en el suelo de la vida,
cortes profundos en pies y en manos,
sangre que zumba en manantial sereno,
yéndose la vida a cada paso.
Solo tus palabras me sirven de consuelo,
y a ellas me entrego en plenitud soñada,
que son el lametón de la loba en celo,
que busca incansable el macho, acurrucada.
Curadas las heridas, ya todo esta olvidado.
Y correr sueña el lobo solitario por prados y praderas
junto a la loba que tanto le regala.
Mordisqueándose los cuellos, jugando entusiasmados,
oliéndose las almas, hambrientos de serena mansedumbre,
refrescando los sueños que soñaron.
La candidez te abriga y te sonroja,
con un soplo de mi boca trasgresora,
que nada pide, solo darte todo,
y ser por siempre tu amado que te ama.

Y concluido el poema, la joven Anjana, que este era su nombre, le preguntó:

- ¿Me dejáis leerlo?

- ¿Debo?

- Mi mirada será limpia, caballero.

Y el caballero tendióle las cuartillas y Anjana leyó. Y tras leer se quedo en muda contemplación mirando al caballero, para, más tarde decirle:

- Son hermosos, no me cabe duda, y sinceros. Envidio a la Dama, por haber encontrado a un hombre como vos, aunque os hayáis comportado como un estupido. Acerquémonos al pueblo. Allí pasareis la noche en mi casa y al amanecer nos iremos a buscar algún mensajero.

Y devolviéndole las cuartillas, montaron ambos sobre Sayid y al galope entre risas y los ladridos de Rasputín, recorrieron lo ancho de la playa que iba menguando con la marea.
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¿Qué es esto?
 


Duro es el caminar para quien no quiere partir. Y más si es amor lo que deja a su espalda. Tiempo le pedía la Dama y él le dio toda su vida, que más no podía ser. Y así cargado de lastima emprendió camino hacía el mar donde enjuagar sus lágrimas y fundirse con él en agua y sal. Y solo un brillo le mantenía vivo, el de la esperanza, que es lo último que se pierde, creyente en las fuerzas vivas de la Naturaleza, que ese amor que sentía no era otra cosa que una de ellas, contagiosa, sanadora, embellecedora, amable amiga que todo lo da en abrazo eterno. El consuelo del pobre diablo que ama y solo desea ser amado.

Y así anduvo hasta que en el horizonte vio como este se componía de dos azules, el del cielo y el del mar Cantábrico, que refulgía en crestas brillantes por la acción de la luz del sol. Y aceleró el paso, pues, no solo quería verlo de cerca, sino también oírlo, que sentía una llamada para la tranquilidad y el sosiego. Y llegado a la playa encontró en ella a una mujer hermosa, joven, que parecía bañara en aquellas aguas sus penas, pues, se encontraba llorando al borde de las olas.

- ¡Estamos buenos Sayid, que parece que de penas nos alimentamos todos y queriendo huir de ellas me las encuentro a cada paso! -dijo el caballero al jaco-.

Y bajándose del caballo se dirigió a la muchacha.

- Fría a de estar el agua, que no es época de baños. ¿O pretendéis ahogaros en ella? -le entró el caballero pensando que la joven tenía la intención de olvidarlo todo-.

- ¡Ay, caballero, que este mar lo he llenado con mis lagrimas! No llegáis en buen momento que sufro mal de amores. Que las fantasías de mi corazón me han hecho ver lo que no existía.

- ¿Fantasías de amor? Esas, joven, las tenemos todos y todos las sufrimos. Son sueños que queman.

- ¡Ceguera, caballero, ceguera!

Y juntando tablas y maderos, el hidalgo preparó una hoguera donde invitó a la joven para comer un bocado.

- Perdonadme, pero mi estomago esta encogido por el dolor.

- Haced un esfuerzo. También lo esta el mío y ya veis que voy a comer. Mi mal de amores no es mejor que el vuestro ni peor, que el corazón no entiende de esas semblanzas. Dudas se ciernen y lejanía.

- De dudas se mucho -contestó la muchacha-, y de engaños. ¿Queréis que os cuente?

- Tal vez, ambos lo necesitemos.

Y así pasaron el día contándose sus cuitas y sin probar bocado, que las penas y los dolores son de gruesa materia cuando se expulsan por la boca y no dejan sitio para otros menesteres. Y concluyó la muchacha.

- Soy estudiante y os hablare ya de la duda.

- Bien estará escucharos.

- La duda mueve. Es motor que mueve hombres, mundos incluso. Hay dudas que matan. Esa que te pregunta: ¿Lo sabrá? ¿Y no estará haciendo todo esto para jugármela en el caso de que lo sepa? ¿Será vengativo? ¿Cuánto? Y claro, deja inmóviles de acción a quien las tiene. Uno no sabe ni que pensar. ¿Estará enredando? El tiempo lo dirá, porque este siempre da sorpresas y pone a cada uno en su sitio. La duda mata. Es el arma homicida, el modus operandi, el cadáver cierto, el entierro entre flores.

Y hay mentiras que hay que ocultar de por vida una vez lanzadas. Porque hieren como puñales. A quien esta acostumbrado a mentir esto no le supone un triunfo. Es sencillo. Aunque se lo ves en los ojos cuando les preguntas y no quieres hacer caso, porque es mejor vivir en la ignorancia. ¡Divina ignorancia! O mejor dicho, hay que ser muy hábil para mentirse así mismo. y no querer ver las evidencias. Y la mentira mata. Es arma homicida, modus operandi, el cadáver y el mismo entierro.

Y hay soles que abrasan. Por muchos afeites que te des en la piel te acabas quemando. Soles que calientan como infiernos y son infiernos. Llenos de diablos que saltan con tridentes llenos de dudas y mentiras. Y te los clavan aquí y allí. Diablos cojuelos, diablos como soles que brillan en los firmamentos. Soles que donde ponen su mirada no crece más la yerba. Soles doloridos, a veces, ignorantes, que no saben lo mucho que abrasan y van por el mundo sin miramiento alguno. Y otros conscientes buscan venganza. Su amargura mata, es el arma homicida, el modus operandi, el fiambre y el entierro.

- ¡Niña -le dijo el caballero-, que profundo penar!

- Un día tuve un sueño, caballero andante, y tarde me di cuenta que lo soñado fue un retazo de la realidad tomado del aire. Él estaba con otra. Eso soñé y fue cierto. Habrá que olvidar -dijo la joven bajando la mirada-.

Y concluido el discurso, el caballero lloró desconsolado y ella le abrazó y acompañó en el llanto.
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