El olvido no lo encontraba, que este solo es un deseo sin proyección alguna, y el amor más crecía cada día entre odios a Rosa Negra y dulces palabras de amor a la Dama Blanca. Turbado se encontraba y la perdida de juicio más avanzaba, que cayó postrado en el catre e inmóvil así paso tres días, haciéndose incluso, sin darse cuenta, sus necesidades en ella. Que su cuerpo estaba allí tumbado, pero, su mente, su cabeza, sus pensamientos, estaban nadie sabe donde. Y que si es posible la muerte por la pena, esta no es si no existe además el propósito de ello. Que preferir morirse a enfrentarse de nuevo a la vida y seguir y volver a aprender a disfrutar de ella, es tarea ardua, pero, no imposible.
Y una luz brilló en sus oscuros pensamientos. Un nuevo presagio lleno de esperanza, un decir basta, hasta aquí he llegado y las ganas de caminar sintió de nuevo. Que Rasputín le lamía las penas de las lágrimas y ese cosquilleo le resultó gratificante y diose cuenta de que necesitaba de otras caricias para sentirse vivo. Difícil proponer para un hombre que se sentía acabado y con la Dama Blanca en su memoria bañándole en besos y caricias. Y aún con el dolor y el sufrimiento a cuestas, emprendió de nuevo su camino hacía el Sur.
Y llevados dos días de viaje, Rasputín comenzó a gruñir elevando las orejas y señalando detrás de una loma. El caballero mandó silencio al animal y descendiendo con sigilo de Sayid, se arrastró, hacía lo alto, desde donde esperaba ver sin ser visto. Y así hizo y observó a un grupo de bandidos que discutían acaloradamente y a cuyo mando se encontraba una mujer en la que creyó reconocer a aquella novicia del convento, Sor Inés, que tan feliz le hizo y cuyo lío más tarde le contó el licenciado en huesos.
- ¿Estáis seguros? -preguntaba Sor Inés, la bandida-.
- ¡Guardaba todas las señas! Solo nos extrañó que cuando le íbamos a persuadir de que no fuera a la cueva y que dejara en paz a la Dama Blanca, saliera huyendo despavorido. ¿No decíais que era valiente? -respondió el más alto-.
- Eso es justo lo que me extraña. No se porque os habéis confundido de caballero. Y me temo lo peor cuando se entere la Rosa. ¿Y qué más ocurrió?
- Seguímosle y al encontrarme a su par, para cortarle el paso, el caballo perdió pie y cayeron ambos por un barranco, perdiendo la vida -terminó de contar el más feo-.
- ¿Estáis seguros? -volvió a preguntar Inés-.
- Así fue, que no hemos omitido ningún detalle.
- En cualquier caso lo que debemos de hacer es poner pies en polvorosa y aumentar la distancia, pues, no me gustaría en ningún caso encontrarme con alguno de ellos, ya sea el caballero andante o la Rosa Negra. ¡Sois estupidos y patanes! ¡Y os juro que después de esta no se si no os mataré! -concluyó la novicia-.
Y el caballero agazapado en el terreno no daba crédito a lo que escuchaba y reculando, lleno de odio, alcanzó a Sayid y tomando la Destripadora, con un grito de furia, se abalanzó sobre aquellos tres parias que estaban al mando de la futura monja. Y uno a uno, con la templanza del no temer a la propia muerte y la clarividencia que esta produce, los fue degollando, y cuando solo quedaba la novicia bandida, clavó la lanza en el suelo y desenvainando su espada, la Infalible, encarose a ella diciendo:
- Para vos tengo algo mejor que ofreceros que una muerte rápida, pues, miembro a miembro os iré amputando y podréis sentir vuestra propia muerte con el mayor deleite, que en yéndose vuestra vida, con el dolor producido, vengaré todas mis amarguras en cada chorro de sangre que vertáis.
- ¡Fue solo un trabajo! -respondió Sor Inés, excusándose-.
- ¡Trabajos hay, que no merecen aprecio, sino por el contrario mi más grande repulsa, que quien no tiene a bien respetar la vida ajena, no puede pedir respeto para la propia. ¡Sacad vuestra espada y disponeos a pelear!
Y así hizo y comenzado el duelo y, aunque, la novicia era muy diestra con el arma, no pudo contener la cólera del caballero, cayendo primero el brazo derecho al suelo en un grito que espantó a los pájaros.
- ¡Tomad el arma con la otra mano! -le instó el caballero-.
- ¡Me rindo, caballero! -suplicó la bandida, mientras sujetaba su muñón con la otra mano, del que manaba la sangre a borbotones.
- ¡En cualquier caso vais a morir! ¿Preferís hacerlo cobardemente? -le replicó el caballero-.
Y formándose en su rostro los rasgos de la ira e inyectándose en sangre sus ojos, la joven tomó la espada con su mano izquierda, y ante tan dantesco esperpento, el caballero atinó con fiereza a cortarle también el brazo izquierdo. Y manca de ambos miembros, cayó de rodillas.
- ¡Acabad! -rogó al caballero-.
Y este levantando su espada a la altura del horizonte, de un tajo certero, hizo rodar la cabeza por el suelo, quedando boca arriba, con la lengua fuera y los ojos del revés. Y pasaron tres horas en las que el caballero se quedo inmóvil. Y una gran fatiga y flojera le invadieron y en lágrimas se deshizo, mezclándose con la sangre de los muertos.
- La venganza me ha cegado, que no la justicia. Que la venganza es un plato que si se toma frío descompone el cuerpo; pero, si se toma caliente, como es el caso, te hace cagar sangre y penas.
Y apesadumbrado, ido, trastocado, cavó cuatro fosas y allí mismo les dio sepultura.
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